Ayer, 09:17 PM
En cuanto uno se aleja de las zonas con más tráfico, la cartografía náutica tiende a volverse menos generosa: menos detalle, menos levantamientos recientes y, en algunos lugares, una precisión que ya no permite navegar con la misma tranquilidad que en canales balizados o aproximaciones muy usadas. La carta sigue siendo imprescindible para situarse y entender el marco general, pero en entradas estrechas, barras, pasos entre bajos o fondeaderos secundarios puede quedarse corta, sobre todo si el fondo es dinámico o si el levantamiento es antiguo. Ahí es donde las imágenes satelitales, usadas con criterio, aportan un valor real como herramienta de planificación y contraste.
Google Earth es especialmente útil porque permite mirar el terreno “como es”, no solo como está representado. En muchas costas se distinguen líneas de rompiente, manchas de arena, arrecifes someros, praderas y bordes de canales por cambios de color y textura del agua. Esto no sustituye sondas, ni corrientes, ni observación directa, pero ayuda a llegar con una hipótesis razonable sobre por dónde discurre el paso más lógico y qué zonas conviene evitar.
La función de imágenes históricas es, a menudo, la parte más potente para navegación práctica. No solo sirve para ver cambios con los años; sirve para elegir la mejor fotografía del mismo sitio. Hay capturas en las que el agua está turbia, con reflejo o con mala luz, y otras en las que el fondo se lee con claridad. En determinadas zonas la diferencia la marca la marea: una imagen tomada con nivel bajo puede revelar bancos, barras y canales secundarios que en marea media quedan “borrados” desde el satélite. Poder comparar fechas distintas te permite encontrar la ventana visual que mejor describe el fondo y, de paso, detectar qué elementos son estables y cuáles se mueven.
Esto es aún más valioso en navegación de ríos y estuarios. Allí los canales cambian, los bancos migran, las crecidas reordenan barras y las bifurcaciones engañan. La cartografía puede ir por detrás de la realidad o simplificar un sistema que, en la práctica, exige decisiones finas. Con Google Earth se entiende mejor la geometría del río, se anticipan meandros y estrechamientos, se identifican islas bajas y zonas de sedimentación activa, y se localizan referencias visibles desde cubierta. Con imágenes históricas, además, se distingue lo que es estructural de lo que es circunstancial: si una lengua de arena aparece una vez y desaparece en otras fechas, conviene tratarla como móvil; si un borde de canal se mantiene, es una pista más fiable para planificar.
La manera sensata de usar todo esto no es “navegar con Google Earth”, sino planificar con él y contrastar. Preparar una entrada marcando mentalmente qué señales buscar, llegar con margen de luz y marea, verificar con sonda y con el ojo, y asumir que la imagen satelital también tiene límites y desfases. Pero cuando las cartas son poco finas o poco actuales, esa combinación reduce incertidumbre y ayuda a tomar decisiones más informadas, especialmente en ríos y estuarios donde la realidad cambia más rápido que la cartografía.
Google Earth es especialmente útil porque permite mirar el terreno “como es”, no solo como está representado. En muchas costas se distinguen líneas de rompiente, manchas de arena, arrecifes someros, praderas y bordes de canales por cambios de color y textura del agua. Esto no sustituye sondas, ni corrientes, ni observación directa, pero ayuda a llegar con una hipótesis razonable sobre por dónde discurre el paso más lógico y qué zonas conviene evitar.
La función de imágenes históricas es, a menudo, la parte más potente para navegación práctica. No solo sirve para ver cambios con los años; sirve para elegir la mejor fotografía del mismo sitio. Hay capturas en las que el agua está turbia, con reflejo o con mala luz, y otras en las que el fondo se lee con claridad. En determinadas zonas la diferencia la marca la marea: una imagen tomada con nivel bajo puede revelar bancos, barras y canales secundarios que en marea media quedan “borrados” desde el satélite. Poder comparar fechas distintas te permite encontrar la ventana visual que mejor describe el fondo y, de paso, detectar qué elementos son estables y cuáles se mueven.
Esto es aún más valioso en navegación de ríos y estuarios. Allí los canales cambian, los bancos migran, las crecidas reordenan barras y las bifurcaciones engañan. La cartografía puede ir por detrás de la realidad o simplificar un sistema que, en la práctica, exige decisiones finas. Con Google Earth se entiende mejor la geometría del río, se anticipan meandros y estrechamientos, se identifican islas bajas y zonas de sedimentación activa, y se localizan referencias visibles desde cubierta. Con imágenes históricas, además, se distingue lo que es estructural de lo que es circunstancial: si una lengua de arena aparece una vez y desaparece en otras fechas, conviene tratarla como móvil; si un borde de canal se mantiene, es una pista más fiable para planificar.
La manera sensata de usar todo esto no es “navegar con Google Earth”, sino planificar con él y contrastar. Preparar una entrada marcando mentalmente qué señales buscar, llegar con margen de luz y marea, verificar con sonda y con el ojo, y asumir que la imagen satelital también tiene límites y desfases. Pero cuando las cartas son poco finas o poco actuales, esa combinación reduce incertidumbre y ayuda a tomar decisiones más informadas, especialmente en ríos y estuarios donde la realidad cambia más rápido que la cartografía.

